Hablemos de cómo sobrevivir al año nuevo.
Confieso que nunca me gustaron las fiestas. Navidad me resulta demasiado familiar. Y mi familia no estaba pasando justamente por un buen momento. Extrañábamos muchísimo a papá. Eso quería decir, que aunque celebremos esas fechas, la palabra “celebrar” nos hacia mucho eco. No teníamos demasiado por festejar. Además navidad uno lo siente o disfruta más cuando es niño. Hay ciertas expectativas, ciertos regalos, ciertas emociones que uno vive cuando es infante y que cuando ya es adulto (o casi adulto) no las disfruta del todo. Por eso nunca me caraterizé por darle mucha importancia a la “noche buena”, sin agregar que el tema religión no contaba entre la lista de favoritos, fue fácil sobrevivir con éxito.
En cambio año nuevo me resulta emotivo. Hoy en día sigo sosteniendo que no podría festejarlo lejos de la gente que quiero y me hace tan feliz., sin amigos, sin familia, hermanos. Cualquier cosa menos eso.
Tampoco es que creo mucho en eso de “año nuevo, vida nueva”. Sostengo con creencia que es una fecha más, un día normal que sólo hace que cambie el número del año, pero después todo sigue igual. Los problemas que uno trae consigo, no los deja en el umbral del año que se va, ni tampoco las alegrías, todo sigue con pronta normalidad.
La gente se esmera en aparentar. Brindan, luego viene el llanto, las copas en alto por aquellos que no están y los saludos apretados para aquellos familiares que no toleran. Es bastante irónico pero suele pasar año a año. Por suerte tengo una familia limitada, y todo lo que sentimos siempre fue sincero.
Convengamos que mi problema en ese momento no era de carácter familiar.
Convengamos que mi problema se resumía en el ámbito masculino y en un pronombre bastante personal: él. Ese día se encargo de mandarme un mensaje de texto, que contenía los buenos deseos para el año que comenzaba. Creo que no era necesario el protocolo. Me pregunte muchas veces si realmente sus actitudes eran valiosas o estaba fingiendo venderme algo, que ya se sabía de entrada que iba a comprar. Compradora compulsiva, lo soy y en todos los sentidos. Lo ideal hubiese sido cambiarlo a él por un par de botas de la nueva temporada o un libro de mi autor preferido que no me hiciese sentir tan sola. Pero no, elegí comprarlo en cómodas cuotas sin saber que ese paquete no venia con facturas de reclamo, ni posibles devoluciones en caso de que el producto no fuese lo que uno esperaba. Claro, que él no lo era pero aún así no quería dejarlo ir.
Tengo esa costumbre de retener las cosas más del tiempo debido. Con los años aprendí a manejarlo, o tal vez hoy en día me pongo fechas vencimiento, cuando me doy cuenta que algo no va más lo enviamos directamente a la papelera de reciclaje. Con él nunca pude. Maldito mi amor y mis obsesiones constantes.
Pero si de sobrevivir se trataba, era una misión que lograría con éxito. No soy una persona que demuestre sus sentimientos. Soy más bien, el personaje que se comió a la persona y eso pasa por tener cierta desconfianza hacia la gente. Dudo de todo el mundo, nada es tan bueno como parece y el exceso de humildad me hace ruido. Por lo tanto la gente no debía enterarse de cómo realmente me sentía, además había aprendido a manipular de una forma extraordinaria. Era muy buena en inventar. Actualmente, lo sigo siendo.
Pedí los deseos correspondientes, cruce de mejillas y besos para todos.
Comenzaba el dos mil seis, no sabia muy bien donde estaba parada pero tenia una obligación en mi mente y era terminar con ese pesimismo constante.
La vida no se terminaba en un amor correspondido o en una llamada que él no atendió. Por lo tanto había prometido que el año que comenzaba seria para recordar y obviamente lo fue. Enero terminó sin demasiados sobresaltos.
Ahora bien, febrero fue el barco hundido de la batalla naval a la cual no quise jugar.
Buen día lexotanil.
jueves, 22 de marzo de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
Un día a tu cielo, un día a mi infierno.
Volver a casa siempre fue caótico.
Durante el día podía mentir con facilidad. Ocupaba el
tiempo en tantas actividades extra curriculares, que sinceramente parecía
olvidarme de todo el dolor que sentía dentro. Sí, fingía un poco más de la
cuenta, pero eso me mantenía aún con un cierto grado de alegría. No todo era
actuado y por más que no leyesen los subtítulos, parcialmente me sentía
estabilizada. El problema, el gran problema era regresar a casa. Ahí no podía
seguir con el libreto o más bien, confieso que no quería.
Había una parte de mi (las mas egoísta) que exigía
sobre atención de parte de mi familia. Necesitaba que me preguntaran como
estaba, como me iba en el colegio, que había hecho durante el día, que había
comido (en caso de haberlo hecho). Necesitaba que me preguntaran si era feliz.
Pero eso no pasaba. En casa solo éramos mamá, mi hermano y yo por separado.
A decir verdad con mi hermano nunca me identifiqué, el
es cuatro años mayor. Tengo los mejores recuerdos de nuestra infancia, sí,
lo mejores. Pero poco se encuentra en mi archivo sobre la adultes. Crecimos
juntos y eso es lo importante, éramos compinches, compañeros. Yo siempre
adecuándome a sus juegos de varón: soldaditos, carreras, partidos de fútbol y
demás. Nos divertíamos muchísimo y repito: teníamos una relación envidiable.
Hasta que uno cae en el mundo adolescente y de a poco empieza a pulir esas
relaciones. Cuando el creció lo suficiente para convertirse en un rebelde, me
desplazó de sus actividades, y termine obteniendo el título de hermana menor a
la cual respetaba sólo por categoría familiar. Casi ni hablábamos, sólo lo
hacíamos para hacer algún que otro chiste o reírnos de algo que nos resultase gracioso.
Pero ya no éramos “amigos” si es que en algún momento sentimos serlo.
Pronto pasó a ser un “desconocido” que peleaba con
papá todo el tiempo. Pronto pasé a ser la preferida de mi viejo y eso en gran
medida construyó una tensa cantidad de celos. Quizás el empezó a detestarme por
ser tan “perfecta” y quizás yo empecé a hacerlo por traerle tantos problemas a
papá. Ese fue el fin de nuestra relación.
Sin embargo, yo sabía que el iba a estar en todos los
momentos de mi vida. La muerte de papá nos había afectado demasiado a los dos.
No competíamos para ver quien sufría mas, pero tampoco podía pretender que el
olvidase su dolor para empezar a preocuparse más por mi. Era mi hermano, no mi
tutor.
Mamá, en cambio siempre fue mamá. No quiero pensar que
voy a hacer el día que no tenga a esa mujer al lado. Y pienso todos los días en
la seguridad que tuvo mi viejo al elegirla. Otra como ella no creo que exista.
Y no me refiero al rol que ocupa en mi vida, sino a la clase de mujer completa
que es, estoy siendo lo mas objetiva posible creo que pocas como ellas hay en
este mundo. En ese sentido soy más que una privilegiada.
Ella se desvivía por nosotros. Se cargo la casa encima
y salio a trabajar para que no nos faltara nada. Su máxima preocupación era
provocarnos sonrisas reales, su aspiración era nuestra felicidad. Le prometí
que algún día no muy lejano lograría ese objetivo. Y sé, que tengo que dejar de
hacer ese tipo de promesas.
El tema era ese, con mamá se me hacia difícil. No
podía mentirle, NO quería.
Su preocupación hacia mí era extrema. Su instinto le
indicaba que algo no andaba bien. De pronto empezó a notar ese cambio repentino
en mí y un día sin excusas me pregunto si me estaba pasando algo. Me pidió que
por favor le dijese la verdad, que sea lo que sea contaba con su apoyo, pero
que por favor no le mintiese. “No mamá, esta todo más que bien en serio, sabes
que te lo diría sino”. Una basura, eso era. Le mentí en su cara y realmente no
me importó. No me merecía nada de lo que tenía, pero convengamos que tampoco
tenía mucho.
Así fue como casa se convirtió literalmente en el
infierno. No quería estar ahí, todo me molestaba, todo me recordaba lo feliz
que había sido, todo me aburría y además en casa tenía que dejar de ser la
mentirosa compulsiva en la que había mutado.
Necesitaba vacaciones. Fue así que llegue a su cielo.
Soy generosa, tampoco él era el paraíso. Pero
inevitablemente siempre lograba que llegue la calma. Su excelente sentido del
humor era combustible para mi estado. Fue entonces que comencé a ser altamente
explosiva.
Los días siguientes con él, eran maravillosos. Quizás
exagere, pero así lo sentía: celestial, con una paz absoluta, la tranquilidad
en su máximo desarrollo.
Cuando él se instalaba en mi mundo nada era trágico.
De hecho hacía las tareas al pie de la letra. Una conducta intachable que de a
ratos pedía a gritos romper las reglas. Y confieso que no era una actuación,
con él no tenía que fingir. Los días que pasábamos juntos yo era una persona
normal. Me alimentaba para mantener mi intelecto intacto, no quería pecar de
tonta y que así encontrase otra excusa para dejarme. Sonreía, iba al colegio,
dormía lo necesario, salía con amigas. A veces hasta cenábamos juntos y a decir
verdad lo necesitaba, el no comer me estaba matando de hambre, no era opción
desaprovechar alimentos.
En momentos como estos pensaba en dejarlo todo,
abandonar esa postura post depresiva en la que estaba y empezar como quien
diría “desde cero”. Tenerlo a mi lado, aumentaba mi ego y día a día me
recordaba lo hermosa que era, o lo que había sido. Su preocupación constante,
su cuidado hacia mi, su deseo de verme bien, hacía que en mi mente se
proyectasen planes de un futuro prometedor y cercano, si cumplía con lo
pautado. Existía una única condición y era buscar ayuda. Por él lo hubiese
hecho, por mi no. Ya estaba rota hacia tiempo.
Un cielo encantador del cual no tenía intenciones de
bajar.
Pero claro, las caídas siempre son más dolorosas y él había
olvidado colocar escaleras en caso de querer echarme de su vida.
Sus personalidades siempre fueron múltiples. Pronto
dejó de ser ese astro salvador que prometía aires de cambio y mostró su
verdadera faz. Me mentía, me evitaba, no quería verme, me pedía tiempo, se
sentía ahogado. Y una lista un poco más extensa de verbos que se encargaron de
deshacerse de mi persona.
Un puñado de angustia en el cuerpo de una adolescente
de diecisiete años, eso veía cuando me chocaba contra el espejo. Así, la falta
de comida, lo antisocial que me había vuelto, el mal humor que abundaba y la
esperanza de contención me hacían sacar pasajes de ida nuevamente.
Entonces volvía al infierno, aunque me cueste admitir
que casa siempre fue el cielo.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Y decimos nosotros en el mismo sentido.
Me considero una persona con necesidades. Me pasé toda mi vida
necesitando, valga la redundancia. Me encontraba carente de afecto, de amigos,
de inteligencia, de amores, de proyectos. Entonces, al enfrentarme a esta
situación lamentable, nacía de mí ese papel absorbente de hacerle saber a los
demás que algo me faltaba. No pedía limosnas. Pero sí, mendigaba un poco de lo
que creía que precisaba. Hoy les digo
que lo quiero todo, no merezco menos.
En noviembre del dos mil cinco lo primordial era sentirme bien, tomarme
un respiro y terminar el año en situaciones de cordialidad. Después de enero
charlaría con mi otro yo el tema de que seguir haciendo con nuestra desmerecida
vida. Pero por el momento no era tiempo de adelantarse.
Redacté la carta y le pedí a Papá Noel que me enviara el cicatrizante
para saturar las heridas del alma y en
segunda opción le solicité la más fuerte de las drogas para consumir durante el
verano. Eligió lo segundo, claro. Tendría que haber tenido en cuenta si
realmente era el Santa Claus indicado o estaba tratando con un ex adicto
retirado del gremio.
Sin moños ni paquetes de regalo, él se instalo en mi vida. Una
abstinencia inigualable.
Al principio cuando nos conocimos, como toda relación (creo) uno empieza
a contarse sus historias de vida. El trabajo, el colegio, la carrera, la
familia, el grupo de amigos, los pasatiempos, los gustos. Y tal vez es ahí
cuando empezas a darte cuenta que hay demasiadas cosas en común que compartís
con esa persona. No sé si compartíamos tanto. Pero el entendía mis dolores y
habíamos pasado casi por la misma experiencia. Soy de las que creen que hasta
que uno no vive tal situación, no puede ponerse en el lugar del otro. Es decir,
de la boca para afuera todos somos protagonistas, pero es muy difícil entender
el sufrimiento ajeno. De todas las personas, él realmente me entendía.
En el 2004 perdió a su papá a causa de un derrame cerebral. Estuvo ocho
días en coma farmacológico. Durante esos días la situación se complico aún más.
Los órganos no funcionaban como debía y necesitaba respiración mecánica.
Finalmente luego de esos días su padre falleció. Un año más tarde me tocaría
pasar a mí por esa dirección. Y sinceramente, no es algo que le desee a nadie.
Probablemente por eso me tocó conocerlo.
Probablemente llegó para salvarme.
Tengo que confesarlo: esta vez, mi hipótesis sobre la teoría de la probabilidad resultó errada.
sábado, 3 de diciembre de 2011
(7)
Salir de coma y tener una historia que contar, ese no fue mi caso. Tal
vez debería haberme quedado en estado vegetativo por un tiempo más, tal vez era
tiempo de revivir para conocerlo. A él y todo lo que su persona conllevaba.
Mi salvación, un ave María en el momento justo.
Octubre fue el mes de la alegría. Me subí al trencito que aparentaba
llevarme camino al cielo y aún más lejos. No sabía la dirección, sin embargo me
subí.
Cuando uno se cree infante, sabe que nada puede lastimarlo. Y
considerando que yo ya estaba lo suficientemente lastimada, no había rastros de
piel que pudiesen ser rasgados. Era un ser asexuado, inanimado y sin vida en un
cuerpo humano; si el envase que por ese momento me contenía podía ser llamado
“cuerpo”.
Era injusto ser cruel conmigo misma pero también era demasiado justo
serlo. Adopté una posición neutra y dejé que todo sucediera con naturalidad. Al
fin de cuentas, la situación no requería de mucho esfuerzo. Y últimamente eso
era lo que me faltaba: fuerzas, ganas, entusiasmo, convicción.
Al recordarme hoy en día, siento odiarme. Odiaba la persona que era,
odiaba la que no podía ser y sobre todo odiaba el haberme aferrado a él
inevitablemente.
Entonces digamos, que es la hora de nombrarlo.
Lo conocí el dieciséis de octubre del dos mil cinco. Es una fecha que
todavía hace demasiado ruido en mi almanaque. Debería tacharla y cambiar de
agenda, pero ya sabemos que nunca me caractericé por ser hipócrita, tampoco tendría porque serlo ahora. Podría olvidarme fácilmente de su existencia, pero
estaría borrando una parte importante de mi vida. Y ese justamente no es el
propósito.
Toda mi vida me sentí atraída por la gente mayor, gente que me llevaba
años considerables y sin embargo, la temática de la edad para mi jamás tuvo relevancia. Quizás porque
nunca encaje en mis años, porque siempre me sentí más cerca de la vejez, o
quizás también porque los choques que fui recibiendo me hicieron madurar de
golpe y eso me hizo justamente, pensar de otra manera. No sentirme ni acá ni
allá.
No era para nada raro que entre él y yo existiesen nueve años de
diferencia. Por lo menos para mí no lo era, y puedo asegurar que para él
tampoco.
Por esa época no contaba con una idea forjada del amor y él no contribuyo
en que eso cambiara pero si me enseñó a diferenciar conceptos.
Así, aprendí a diferenciar el verbo “querer” del verbo “necesitar”.
lunes, 21 de noviembre de 2011
(6)
“Mentira
vendida, polaridad que me intoxica.”
Aprendí a mentir. Lo hacía todo el tiempo.
Suelo empeñarme demasiado cuando algo me interesa. Debía elegir. Y no
soy muy fan de los caminos difíciles, por lo tanto opté por inventar. Me creé una vida paralela y sobreviví con éxito.
Era increíble verme entretejer redes para las personas en general. Mis
amigas no entendían por qué estaba tan flaca, mi familia no entendía por que
estaba tan feliz. Mientras yo, no entendía por qué seguía viviendo. No estaba
acá, no pertenecía a ningún grupo. Solía verme caminar y el sentimiento de
lastima caminaba a mi lado. Era una mujer imperfecta en un cuerpo material.
Merecía dejar de sufrir y sobretodo merecía un cambio de aire urgentemente.
Durante esos meses no salía, y me refiero salir a bailar. Nada de
boliches, ni de gente que baila como si formasen parte de un rompecabezas. Nada
de humo, ni de alcohol, ni de horarios al amanecer. La diversión en su estado
más neutro. Esa era yo.
A lo sumo una comida con amigas, una reunión hasta no pasada la
medianoche, una película compartida o una tarde de reuniones escolares.
Siempre tuve la duda si la gente desconocía mi problema. Muchas veces me
lo re pregunto, suelo ser excelente manipulando casos. Pero, tal vez ellos me
hicieron creer que tenia todo controlado cuando en realidad lo sabían todo,
pero preferían mirar hacia un costado. Un cero a la izquierda del que nadie
hablaba.
De esto se trataba mi planeta. De todos los personajes que inventaba
reunidos bajo mi poder. Era increíble la facilidad de convencimiento que solía
tener. Me reconocía así, increíble. Una maldita mentirosa a la cual termine
odiando. La actuación como actividad principal. Y mi vida quizás, nominada a
mejor película extranjera. Un drama sub real.
No me sentía bien en ningún lugar, nada me llenaba lo suficiente. No
tenía religión, no creía en mis amigos, no creía en mí misma.
Estado de coma esporádico. Por favor, desconecten el respirador.
Estado de coma esporádico. Por favor, desconecten el respirador.
sábado, 19 de noviembre de 2011
(5)
Es difícil enfrentarse al mundo el día después. Incluso el mismo día.
Lo que sigue es el velorio, mi “familia”, mis amigos, los conocidos, los
compañeros del colegio, algún que otro profesor. Mis abuelos, mis hermanos, mi
mamá. De ella si que no me voy a olvidar. Del amor incondicional y eterno de
mis viejos tampoco. Por algo escribo mi novela.
Volver a casa, recorrer el ambiente y saber que alguien falta. Dormir,
despertarse, cenar en silencio, dormir nuevamente. El dolor de cabeza que de a
poco comienza a convivir con uno. Los silencios interminables, el encierro
personal, la contención como presente, el no querer hablar, los enojos esporádicos,
las angustias eternas, todos ellos forman parte de la habitación de huéspedes que
pensaste que nunca ibas a usar.
Y por supuesto no contas con muchas opciones. O bien te dejas desmoronar
con el paso de los días, o bien seguís con tu rutina diaria y esperas que el tiempo
cure todas las heridas. Pero cuando éstas son en el alma, no existen parches,
ni vendas que las puedan tapar.
En el primero de los casos la solución era bastante fácil, dejarme
consumir en cuestiones de meses era algo que lograría con éxito. En el segundo,
necesitaba una caja de potencia para querer levantarme y salir a ver el sol.
Nublado con probabilidad de lluvias, era mi pronóstico. Y casualmente
tenia pensado extenderse hasta fin de año.
Los meses contiguos fueron básicamente superficiales. Estaba sola, más
bien estaba rota. Así me sentía, una pieza de cerámica que debía ser
conservada. Sin embargo, a simple vista se notaba que las piezas estaban unidas
con pegamento vencido. En cualquier momento el jarrón caería al suelo.
Mi método para afrontar el dolor fue fingir. Elegí actuar, hacerle creer
al resto que estaba perfecta, que el duelo había pasado rápidamente o que en
cierta parte todavía no era consciente de lo que había ocurrido. La gente suele
admirarte cuando te ven entera, admiran tu capacidad y logro para recuperarte
de una situación extrema. Entonces pasas a formar parte de un ejemplo, a fin de
cuentas quieren imitarte. Si ella lo
superó, yo también podré hacerlo, suelen decir.
Por el contrario, mi lista de tareas consistía en ir al colegio, volver
a casa, dormir (lo necesario como para no pensar), estudiar, encontrar alguna
actividad en la cual ocuparme, leer un poco, tal vez escribir, llorar hasta
dormirme y levantarme al día siguiente. De alimentos ni hablar. No quería
alimentarme, había decidido dejar de hacerlo y mi obsesión no era ser flaca. Nunca
lo fue. Mi pensamiento era dejar de comer y auto destruirme, por ridículo que
suene. Lastimarme me mantenía con vida, y si alguien tenía propósitos de
conservarme en el reino de los vivos no debería dejarme actuar con facilidad.
El día del entierro de papá recuerdo haber vomitado en demasía y
realmente eso me ayudo bastante. Por lo tanto había encontrado la forma de no
sentir, rápidamente me convertí en ameba. Igualmente aclaro que sólo vomité en
esa ocasión, luego decidí dejar de comer (no del todo) y maté dos pájaros de un
tiro. Transforme la realidad y la hice más soportable, distorsioné los hechos
continuamente, de este modo cree una nueva protagonista. Con ustedes la mitómana.
(4)
No sé desprenderme de las personas, me cuesta tener que hacerlo. Y aún
más si ellas se van en contra de su voluntad. Puedo afrontar que me dejen, que
un hombre ya no me quiera, que se canse de mí, que lo aburra, que mis amigas ya
no sean las del primario, que mi familia me tilde de soberbia y no intente
trazar lazos sanguíneos valorables. Todo y mucho más. Pero la temática muerte
es algo que no tengo muy asumido, algo que debería charlar con mi terapeuta (en
caso de tener uno).
No lo entiendo, ni lo entenderé. Soy insoportablemente egoísta y cuándo
más de uno se presentaba con la tarjeta de consuelo que titulaba “dejó de
sufrir, ahora está mejor” me quedaba callada y tragaba el sabor amargo en más
de una oportunidad.
No pretendo confundirlos, no soy una ignorante que no conoce la ley de
la vida y el ciclo que cumple cada ser humano. Pero en la iglesia soy una
turista, por lo tanto no me sirven de nada los sermones educados que me brindan
cada vez que tengo que enfrentarme a la partida de un ser querido. Por no decir
que en cada ocasión una parte de mi de desgasta.
Papá era lo que llamo mi sostén.
No resulto ilógico pensar que al marcharse lo probable era que me derrumbase,
quizás tarde demasiado en hacerlo. Los indicios siempre estuvieron en el cordón
de la vereda. En casa no había tiempo para llorar, estábamos tan destruidos uno
del otro que habíamos perdido el sentido por completo. Metros cuadrados donde
los autos chocadores hacían fila por golpearse, ese era mi hogar. Digno de un
parque de diversiones, deseaba que el carrito de mi montaña rusa se estrellase
por completo.
Quería irme con él, y todavía este sigue siendo el ítem pendiente en mi agenda.
Sinceramente son muchas las cosas que uno piensa cuando finalmente se
convence de que no hay vuelta atrás. El médico con mamá siempre fue claro. Ella
tal vez escondía algún que otro detalle para no enfrentarnos de golpe con la no
solución que esperábamos.
A papá le diagnosticaron cáncer a fines de Febrero. Dicen que las
tormentas de verano nunca son buenas y es cierto. Esos cuarenta y cinco días
para mí fueron tormentosos.
No puedo hablar en términos científicos pero hacía unos años atrás a
papá le habían descubierto un tumor maligno es sus intestinos y fue operado. Si
bien se recupero con éxito, le recomendaban o más bien le exigían que se
hiciese controles anuales para prevenir. En el ‘98 el abuelo también falleció
de cáncer y era muy probable que genéticamente papá también lo tuviese. Pero
fiel a su terquedad, a su trabajo agotador y a su no tener tiempo, nunca
realizó chequeos ni análisis, ni consulto con doctores.
Esta vez era distinto, no contábamos con tiempo para poder prevenir. La
metástasis se había desarrollado por la mayoría de sus órganos. Sumándole que
tenia retención de líquidos que complicaban mayormente su cuadro.
El día que papá se descompenso, mamá volvía del médico sin buenas
noticias. La enfermedad había avanzado tanto que ni siquiera había mínima
posibilidades de quimioterapia. Es
cuestión de esperar, lo escuché tantas veces. Mi problema no era la espera,
puedo ser pacientemente ejemplar. Mi problema era afrontar lo peor. La agonía
en persona y no tener la fuerza de poder hacer nada.
Nunca conté acerca de sus últimas horas. Nunca describí la escena, ni
desarrolle el llanto como medio de expresión. Sólo mi mamá y mi hermano saben
lo que vivimos, lo que tuvimos que ver, aguantar, esperar, soportar, padecer,
sufrir. Ese es el sentimiento que nos representa. El sufrimiento es su mejor
esplendor, nosotros participes (in) necesarios de la escena.
El lunes veintiocho de marzo fue la última vez que mi padre se
descompuso. Intento relatar el episodio con el menor de los detalles y en resumidas
palabras.
Yo asistí al colegio como todos los días y era cerca del mediodía cuando
mi tía fue a retirarme. Me dijo que papá estaba internado y que debíamos ir a
casa a buscar ropa porque seguramente se quedaría unos días más. Una
internación como tantas otras, pensé. Legué a casa, busqué pijamas, medias y un
abrigo.
En el hospital me esperaban mamá, mi hermano y papá por supuesto. Él me
esperaba más que nadie.
Mientras caminaba por los pasillos decidí tomar otra actitud, dejando de
lado la preocupación porque seguramente no era nada grave. Recuerdo con
exactitud que entre dando saltitos y diciendo “faltaba yo”. Entonces la
electricidad sobre el cuerpo me dijo al oído: despertate.
Papá con respiración mecánica intentando respirar. No intento
victimizarme, pero es la única imagen que jamás podré olvidar. Puedo jugar a
tener memoria selectiva, elegir que recordar y que no. Siempre pierdo cuando
intento borrarla del archivo. Hasta el día de hoy puedo cerrar lo ojos y
detallarla a la perfección. Esa imagen para mi lo significa todo.
Lo que sigue después son calambres en el corazón, sentía que de tanto
llorar estaba próxima a desmayarme, pero no. Tuve que ser testigo del momento
más atroz de mi vida.
Al pasar las horas papá comenzó a agonizar y mamá me pidió por favor que
no me fuese porque él me quería ver ahí, quería verme cerca. Yo para él lo era
todo, su única hija mujer, su ejemplo, su debilidad, su amor incondicional. Él,
para mí era Dios.
Balbuceos, palabras entre cortadas, sintaxis fallida y desgarros. No era
conciente de lo que decía, sin embargo no dejaba de pedirme calmantes, me decía
que le ardía el cuerpo. Él ya no estaba en esa habitación, pero en mi
obstinación le pedí a mamá que llamase a una enfermera que trajese algún
sedante para calmar su dolor.
-No Neri, tu papá ya no siente, ya no escucha, quedémonos cerca con él,
dijo mamá.
Quizás si le hablaba al oído él me escuchase. No necesitaba oír un
discurso, en todos esos años me encargué de demostrarle que sin él yo no era
nada. Pero estaba tan aturdida que me demoré bastante y el no me dejes ya no lo
pudo escuchar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
